70. La naturaleza de lo sagrado.
El
que no sabe y sabe que no sabe es simple, enséñale.
El
que sabe y no sabe que sabe está dormido, despiértale.
El
que sabe y sabe que sabe es sabio, síguele.
Pero
el que no sabe y no sabe que no sabe es necio, evítale.
Antiguo
Proverbio Persa
De nuevo nos hallamos a horas – minutos – del final del ciclo anual marcado
por el calendario gregoriano. Para muchas, muchísimas personas estas fechas son
causa y motivo de contemplaciones e introspecciones sobre la naturaleza de lo
sagrado, sobre sus vidas, y sobre la relación entre éstas. Para muchas,
muchísimas personas, estas fechas también son causa y motivo de grandes tristezas,
incluso de profundas depresiones clínicas. Las angustias existenciales sólo
incrementan cuando se enfrentan, al igual que al final de ciclos anteriores,
con la larga lista de metas y pactos personales que detallaron el año pasado y
que ahora se ha transformado en una inculpación de objetivos incumplidos, un
testimonio de resoluciones malogradas, y una declaración de promesas rotas.
¿Qué hacer? ¿Cómo restaurar la fe en uno mismo y reconstruir aún otra
lista más de nuevas afirmaciones, de promesas, y de juramentos inclusive, sin
trascender los márgenes sutiles del autoengaño y caer, sin pena ni vergüenza,
en la descarada mentira propia? ¿Dónde está lo sagrado en nuestras vidas si no
dejamos de profanar lo más venerable que existe – nuestro compromiso propio –
con continuos desengaños?
Reparemos brevemente en un detalle causal entre el
“¿dónde están?” de sus existencias para que descubran un poquito el “¿quiénes
son?” y “lo que representan” de sus identidades. Hace ya muchos siglos que el
filósofo chino Mencio, nos anunciaba lo fácil que es descubrir el carácter de
un ser humano. La fórmula es tan simple como acertada: averigua lo que el
individuo ambiciona y observa como se dispone para lograr su objetivo. “¿Cómo
podemos ocultar nuestra auténtica naturaleza?,” nos concluye el gran sabio,
tan actual hoy como hace 2,500 años. A modo de autorreferencia y aplicación,
¿qué implica esto sobre las muchedumbres de personas que comienzan su enero,
año tras año, con un inventario largo de planes y de grandes designios para su
propia mejora y superación, para luego terminar diciembre sin apenas haber
comenzado su lista? En vez de haber aprendido a tocar un instrumento, a hablar
un nuevo idioma, o jugar al ajedrez, solamente aprendieron a desconfiar (aún
más) de sí mismos.
¿Qué nos está pasando? ¿Por qué somos tan
patéticos? Sucede simplemente que a lo largo de la trayectoria de la vida nos
encontramos, momento a momento, ante una serie de innumerables encrucijadas que
nos ofrecen diferentes direcciones para continuar. En cada intersección nos
vemos forzados a tomar decisiones en cuanto a cuál es el recto proceder: “¿Me
cómo un trozo más de pizza (de pastel, torta, helado, etc.) o soy fiel a mi
dieta?” “¿Compro este vestido, (traje, libro, juego, video, etc.), o soy fiel a
mi presupuesto?” “¿Acepto la ‘invitación’ (de esta señorita, amiga, compañera
de trabajo, vecina, etc.) o soy fiel a mí mismo dentro de mi relación?” Etc.
Etc. Etc.
Es así, a través de la suma de innumerables
escogencias momentáneas, que trazamos el sendero accidentado, trágico, patético
a veces, de nuestras vidas. Dónde nos hallamos y quiénes somos en el momento
presente son el resultado acumulativo de nuestras pasadas escogencias. Teniendo
en cuenta que la inmensa mayoría de las personas ni son quienes quisieran ser,
ni están donde quisieran estar, podemos deducir lógicamente que a la hora de
tomar decisiones acertadas somos algo así como cognitivamente discapacitados o
minusválidos mentales. Para rematar y empeorar las cosas y puesto que gozamos
de libre albedrío, demasiados de nosotros acabamos siendo prisioneros de
nuestra libertad, tomando a cada paso malas decisiones que nos encierran en el
presidio de nuestra miseria, en la cárcel de nuestro autodesprecio. Y lloviendo
sobre mojado, sepan todos que lo hacemos día tras día, momento tras momento,
hasta que, llegando el final de otro diciembre más nos preguntamos,
auténticamente desconsolados, “¿cómo llegue hasta aquí – otra vez?”
No soy ni vendedor de recetas mágicas, ni de curas
milagrosas, ni de “balas de plata.” La solución existe pero requiere esfuerzo,
dedicación, disciplina, y denegación, pero nada de esto sirve sin un
reconocimiento del problema. Al pan, pan, y al vino, vino, o como decía mi
abuela: “las cosas claras y el chocolate espeso.” Las verdades duelen solamente
porque en el fondo sabemos que las hemos ignorado a propósito. A menudo la
sabiduría consiste simplemente en describir lo obvio a través de reiterar lo
evidente, o mejor dicho, lo que nadie ve porque todos prefieren ignorar: La
batalla por la autoestima, por la felicidad, por la vida lograda se libera
momento a momento y se gana o se pierde en cada decisión tomada en este preciso
instante. ‘Quiénes somos’ y ‘dónde estamos’ es la consecuencia
directa e irrebatible de la suma total de una vida de escogencias, escogencias
que se hacen de momento a momento. Y para aceptar esa verdad, muchos tienen que
desapegarse contundentemente de sus más aferradas ilusiones: Déjense de excusas
y acepten que solamente el individuo mismo es garante de su propia felicidad.
El poder personal comienza con la toma de la responsabilidad, esto apodera al
individuo a la vez que lo responsabiliza. El problema es complejo pero lo
podemos reducir dirigiéndonos a los tres enemigos del aspirante a guerrero iluminado:
la ignorancia, la apatía, y la soberbia.
En algunos casos, muchos, simplemente no sabemos
qué hacer; carecemos de los principios necesarios y de los valores apropiados
que nos sirvan de puntos de partida para la toma apropiada de decisiones. La
mayoría de las personas, por ejemplo, no saben cómo criar a sus mascotas –
mucho menos a sus hijos – y luego se preguntan por qué sus hogares y
existencias están sumergidos en un caos total. Deberíamos ser capaces de intuir
al menos que las cosas no andan como debieran, pero por cultura, sociedad,
tradición familiar, o quién sabe qué asunto, seguimos promoviéndonos con la
misma mediocridad y disfunción que define la sociedad actual.
Los ‘principios’ y los ‘valores’ son denominados
así precisamente porque constituyen, por una parte, los puntos de partida para
cualquier proceso de selección conductual, de escogencia. Por otra parte, con
respecto a los valores, éstos establecen la escala mediante la cual podemos – y
debemos – medir, evaluar, y apreciar los resultados de los mismos. Podríamos
decir que los principios y los valores constituyen el comienzo y el final para
la formulación de una “ley constitucional de existencia,” para encaminarnos
hacia una vida ordenada, productiva, y satisfactoria. Y el orden está ligado a
la disciplina, a la armonía, a la jerarquía, al respeto, al deber. El orden es
el “sine qua non” – el “sin esto no hay” – de la felicidad. Cuando falta el
conocimiento de principios y el discernimiento de valores el enemigo en pie de
guerra es la ignorancia: no sabemos cuál es el ‘recto proceder’ y tenemos que
aprenderlo. Enseña al que no sabe.
Pero no siempre podemos culpar la ignorancia.
Muchas veces no es que no sepamos qué hacer o cuál es el ‘recto proceder’, sino
que con demasiada frecuencia y con suma consciencia, tomamos decisiones sin
importar nuestros valores y principios, sin incumbirnos por las consecuencias
que acarean nuestros actos. Comemos lo que sabemos que no debemos,
gastamos lo que sabemos que no tenemos, y aceptamos ‘invitaciones’ que sabemos
que no deberíamos. Etc. Etc. Etc. Para el auténtico sabio, saber y hacer es
siempre lo mismo.
La ignorancia comprendida, quedan los otros dos
enemigos – la apatía y la soberbia. Aquí se podría decir que entramos en
aspectos de personalidad, de carácter, del ubicuo y consentido, “soy así.” En
realidad lo que las personas quieren decir cuando dicen que “soy así” es que el
cambiar les resulta demasiado difícil (apatía) o simplemente se consideran
excesivamente superiores (soberbia) para reconocer sus propias faltas y
limitaciones, y la posibilidad – y necesidad – de corregirse. Siempre hay un
mínimo de reconocimiento sobre la responsabilidad. Por más ignorante, apático,
y soberbio que sea uno, hasta el más necio entiende que las escogencias a cada
paso le conducen a su ubicación presente. Lo que requiere un poco más de
sofisticación cognitiva es aceptar y reconocer que el “gran ahora” de su “ser”
y “estar” está compuesto por las innumerables decisiones que tomó de momento a
momento en el pasado.
Año tras año las personas reconocen su propia
discapacidad para el rendimiento personal, su propia inhabilidad de cumplir con
dietas, presupuestos, relaciones, y no digamos consigo mismas. El fenómeno está
bien conocido y reconocido. Las causas, ya sean la ignorancia, la apatía, o la
soberbia, también quedan expuestas. Solo queda el remedio. ¿Cómo combatimos la
ignorancia, la apatía, la soberbia para que la sabiduría se convierta en
acción, en superación y en excelencia personal? La respuesta está en la
‘identidad,’ en lo que Shakespeare nos advirtió: “ser o no ser, esa es
la cuestión.” Tienen que estar dispuestos a efectuar cambios radicales; no les
va a servir ni la lipoescultura, ni la promiscuidad, ni la gula, ni el uso y
abuso de sustancias intoxicantes, ni el youtube.com, ni cualquier otra
selección de la lista infinita de escapes a la realidad vigente; precisan de un
cambio total, de un cambio de identidad, ya que la suya presente es el
resultado de todas las decisiones que tomaron a lo largo de sus vidas –
demasiadas erradas – y que le han llevado a su presente estado de infortunio y
malogro. (Y si se sienten particularmente ofendidos por lo que están leyendo
sugiero que busquen la definición de ‘soberbia’ para que vayan entendiendo
mejor las causas de su reacción presente.)
En estas fechas, y por el resto del año, no se
molesten en ubicar lo sagrado en lugares externos como en sus Iglesias o
Templos, o ni siquiera en el mundo natural, ya que sin limpiar las impurezas
que llevan por dentro lo profanan todo con su misma presencia. Busquen lo
sagrado donde siempre estuvo, en el ‘aquí’ de sí mismos y en el ‘ahora’ de este
momento. Y si alguna vez lo logran encontrar comprenderán que lo sagrado
comienza simplemente en la toma de consciencia y en la responsabilidad de sus
decisiones en el ‘aquí’ y en el ‘ahora,’ es decir, la naturaleza de lo sagrado
está en la excelencia del impecable momento presente. Esa es la enseñanza
esencial de la sabiduría de MAMBA-RYU.
Shodai J. A. Overton-Guerra
Maestro-Fundador de MAMBA-RYU
Director del Instituto Kaizen Center de MAMBA-RYU
1035 Calle Laja, Playas de Tijuana, Sección
Jardines
Baja California, México
Tel.: 664 324 2191 Cel.: 044 664 374 0305
Email: shodai.overton@gmail.com

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